Cómo hacer frente al cambio climático: apuntes sobre el paisaje, los incendios y los servicios ambientales de los ecosistemas

Cómo hacer frente al cambio climático: apuntes sobre el paisaje, los incendios y los servicios ambientales de los ecosistemas

En el contexto ambiental actual hay una duda de fácil enunciado pero cuyo análisis y respuesta quizá no sean tan evidentes. ¿Cómo puede ser que haya tantos incendios? No sólo a nivel nacional, que ya es una mala costumbre. A lo largo del verano han sido noticia internacional incendios en Amazonas, África, Siberia y ahora le toca al bosque húmedo de Tailandia.

La respuesta pasa por varios conceptos vinculados y retroalimentados entre sí que funcionan en red como un ecosistema: paisaje, economía deslocalizada, industria alimentaria, despoblamiento rural, superpoblación, economías de subsistencia, lobby maderero, etc.

Vamos a empezar a tirar del hilo por el concepto más intuitivo y que personalmente me parece idóneo para entender fácilmente lo que está sucediendo.

El paisaje:

Podemos entender los paisajes como las unidades de territorio de mayor escala que percibimos a simple vista, es decir, sin la ayuda de otros medios o datos de interpretación. Son las unidades de territorio más grandes en las que podemos apreciar la huella humana. Los paisajes son fruto de siglos, sino milenios, de trabajo cuasi escultórico de los muchos agentes que normalmente intervienen en su formación. A lo largo de los siglos de evolución de la cultura humana los paisajes han ido variando según nuestros quehaceres y han sido la expresión última de la actividad humana.

En un paisaje podemos leer muchas capas o historias (cada una de las intervinientes en su formación), todo depende de lo bien que lo conozcamos. Tenemos una serie de capas ecosistémicas del tipo: geográfica, edafológica, climática y biológica y otras de tipo cultural: productivas, económicas, sociales (o de qué y cómo viven la o las culturas que lo habitan), etc.

Hasta la revolución industrial y sus derivadas la mayor parte de los seres humanos dependían de la actividad agropecuaria de manera directa. Esto ha hecho que los paisajes hayan sido esculpidos según una serie de tradiciones vernáculas en cada una de las vertientes de nuestra actividad: una tradición agropecuaria, una tradición forestal otra arquitectónica etc. etc., en cada lugar aprovechando las oportunidades que la naturaleza ofrecía a sus pobladores y sus culturas. La economía de un lugar corría pareja a sus praderas y sus ríos. Y cada rincón a lo largo de los siglos y siglos de trabajo tenía su razón de ser, la ganadería y la agricultura se solapaban y dejaban espacio suficiente a los entornos “salvajes” para la subsistencia de la caza.

Una cultura que sobrepasase las capacidades productivas de su lugar sufriría problemas de uno u otro lado desapareciendo si era el caso en un acto de evolución darwinista. De ahí el amor, cuidado y profundo conocimiento que los “paisanos” y/o culturas tradicionales en general han demostrado por su lugar-medio de vida. Por supuesto la ecuación está muy simplificada, pero es para entender la estrecha relación que siempre ha habido entre subsistencia y paisaje.

Es importante destacar que ya sea por una sabiduría tradicional o por una cuestión de magnitud de población (o las relaciones entre ambas) la mayoría de culturas tradicionales han mantenido y respetado amplios espacios de reserva natural que tienen, tal y como se está demostrando últimamente, una importancia vital en la estabilidad del sistema biosférico.

Este concepto desarrollado de una manera mucho más profunda y científica es la base de teorías actuales sobre la isóstasis de la biosfera o cómo el conjunto de seres vivos del planeta es el responsable de la estabilidad que hace posible la propia vida en la tierra. Son teorías desarrolladas por James Lovelock, Anastasia Makarieva, Gorshkov y muchos otros. Que básicamente reclaman la importancia de los ecosistemas “vírgenes” para asegurar un comportamiento previsible de la biosfera.

Esta relación estable en el paisaje (descrito con cierto grado de simplificación, insisto) ha variado fundamentalmente y de manera asintótica en los últimos 150-200 años. Hablamos de cambios, ¿cómo se modifican los paisajes? Modificando cualquiera de los intervinientes en su formación ya sean de origen natural (condiciones ecosistémicas) o las condiciones culturales que los determinan, estas últimas están en el origen de los cambios más acelerados que se están dando el los paisajes últimamente.

En general podemos resumir varios cambios en los factores que determinan un paisaje:

 

– Cambio en los usos y costumbres:

Las sociedades han cambiado y sus maneras de subsistencia y relación de dependencia con sus medios naturales ya no son tan directas, luego la percepción de necesidad sobre el territorio ha cambiando, sentimos, cada vez menos, que dependemos del territorio. De alguna manera la economía que era paralela al lugar de producción y que era resultado de un trabajo localizado y “ordenado” con los recursos locales ha cambiado de escala y ha comenzado a funcionar de manera cada vez más global y menos localizada.

 

– Pérdida de población del medio rural por migración a entornos urbanos

El entorno rural está abandonado. A esta pérdida de población y “mano de obra” rural va asociada la pérdida del relevo generacional y de la sabiduría local en la gestión del territorio, algo que es fundamental para una correcta gestión “localizada”

 

– Aparición de la industria agropecuaria y forestal

Ese espacio vacío en el entorno rural lo ocupa la producción agropecuaria y forestal industrial para dar servicio a las grandes poblaciones urbanas. Su método de producción está deslocalizado y responde principalmente a balances económicos inmediatos, no tiene en cuenta en sus balances económicos impactos en el territorio o la biosfera.

 

– Gestión centralizada del territorio

Los recursos naturales suelen ser gestionados por los estados de manera centralizada puesto que son de orden estratégico: materias primas, energía, alimentación etc. Lo que impide una gestión local y en contacto con las necesidades reales y las problemáticas de los territorios.

 

– Aumento de la población mundial

Que acelera todos los cambios anteriormente citados y que además aumenta la presión sobre la producción alimentaria y energética.

 

– Cambio de las condiciones ecosistemas del territorio (cambio climático y derivadas)

Los cambios anteriormente citados cuando han adquirido escala suficiente son el origen de cambios ecosistémicos, que se convierten en factores que aceleran el cambio. Retroalimentación de las consecuencias.

Seguro que se podrían añadir más factores, están todos íntimamente relacionados y en el fondo son caras de una misma moneda: la humanidad está cambiando la manera en la que se relaciona con su territorio: nos hemos desvinculado del paisaje.

Y al hacerlo están surgiendo una red de problemas interconectados. Los incendios son consecuencia de este cambio de relación con nuestro entorno, vamos con algunos ejemplos para entender cómo puede funcionar esta cadena de consecuencias.

Comencemos por el ejemplo nacional: El abandono de los entornos rurales, las actividades agropecuarias tradicionales y la aparición de la economía deslocalizada lleva asociadas varias consecuencias que inciden en la probabilidad de que un incendio se produzca:

– La pérdida de los manejos de los montes comunales para el pastoreo. Esto desemboca en la necesidad de inversiones elevadas en el mantenimiento de nuestros bosques, trabajo que anteriormente realizaban las cabañas caprina, bovina, equina y vacuna sin coste por su “sostenibilidad” ahora suponen gastos elevados de desbroce, limpieza y prevención por parte de las administraciones autonómicas que no tienen los mismos efectos.

– Repoblaciones de masa forestal con especies no autóctonas: la necesidad de “rentabilizar” a corto plazo las explotaciones forestales ha llevado a repoblar, por ejemplo, con eucalipto o pino gran parte de nuestro norte peninsular. Especies cuya carga de fuego es muy elevada (son fáciles de prender) y que no realizan ninguna función ecosistémica, no son locales.

– Posibilidad de recalificación urbanística: según la comunidad en la que nos encontremos el terreno afectado por un incendio puede variar con mayor o menor dificultad su calificación urbanística. Es decir, puede interesar quemar un bosque para obtener una recalificación urbanística que aumente la rentabilidad inmediata de ese territorio en varios órdenes de magnitud.

– La privatización de los sistemas de extinción que facturan en función del operativo que despliegan.

– Cambio generalizado del régimen de precipitaciones y aparato eléctrico de tormentas: en los últimos años asistimos a una reducción o relocalización de las precipitaciones, es decir, más sequedad en el año. Y las tormentas son cada vez más virulentas con aparato eléctrico incluido. Rayos que en su caída originan focos de incendio.

 

Todos estos factores en aumento incrementan la probabilidad de riesgo de incendios, es lógico que aumenten. Además y que no se nos olvide, también es relevante como factor la estupidez humana, muchos de los incendios que sufrimos son intencionados o fruto de un despiste. Lo que es difícil de valorar es si este factor también está aumentando últimamente o se mantiene constante desde hace tiempo. Basta decir que detrás del 90% de los casos está la mano del hombre.

Esta cadena de consecuencias se repite más o menos en todo el planeta, con inclusión de otros factores locales o con incidencias distintas.

 

Ártico / Siberia

En lo que va de año han ardido en torno 10 millones de hectáreas, el equivalente a la quinta parte de la superficie de España (50 millones de hectáreas aproximadamente).En este caso el factor determinante según la versión oficial es la sequedad, el aumento de temperatura y las tormentas de temporada que originan los focos por la caída de rayos. Otras fuentes responsabilizan a la medida gubernamental de no extinguir incendios si su coste es superior al beneficio de su extinción o si no hay riesgo para la población. Otros lo achacan a la tala indiscriminada como origen de los incendios para ocultar su delito. En cualquier caso se calcula que la pérdida anual por incendios en Siberia es entorno a 6 u 8millones de hectáreas y en aumento.

 

Zonas tropicales

En zonas tropicales o de bosque húmedo se cuenta con la tala y quema como método de producción tradicional: se tala una parte de bosque, se quema el sotobosque para mineralizar el suelo (hacerlo fértil) o se da de alimento al ganado y se usa un tiempo (2-3 años). Luego se pasa al siguiente lote dejando que se reforeste el lote usado. Bien es cierto que este método con una población creciente en estas áreas al final está ocasionando deforestación neta por las necesidades de alimento. Y que en muchas ocasiones el fuego se descontrola y acaba quemando más de lo necesario.

 

África

En el caso de África se responsabiliza enteramente a la tala y quema de zonas adyacentes a los bosques para su uso agropecuario de subsistencia y el descontrol de al menos un 10% de ellos.

 

Brasil

En Brasil los factores son más o menos los mismos a los que cabría añadir la mayor incidencia del factor agropecuario-industrial. La promesa electoral de Jair Bolsonaro incluía la rebaja en la protección ambiental en la Amazonia. El lobby agropecuario industrial quería expandirse desde hace tiempo y ha propiciado una opción política para conseguir su objetivo, a través del fuego puede “limpiar” territorio para asentar sus actividades con el beneplácito de la administración central.

Bolsonaro ante el caos originado este verano por su manga ancha ha decretado la prohibición estacional del fuego como herramienta de “limpieza”

 

¿Qué podemos hacer?

Como hemos descrito el problema es de tipo sistémico y opera en red, lo que significa que su solución no es singular, hay que operar en varios frentes. Actualmente en la ONU en el seno de sus agencias alimentarias y ambientales, así como en el seno de los programas de política agraria de todo el mundo como la PAC europea, estudia la influencia de los factores expuestos anteriormente y su relación directa con la actividad agropecuaria y se comienza a dar importancia al concepto “servicio ecosistémico” o “servicios ambientales de los ecosistemas” para valorar qué aportan realmente los ecosistemas a nuestras economías.

 

Es de alguna manera valorar ese trabajo de custodia del territorio que “tradicionalmente” ha estado en manos de los paisanos o “culturas locales” y que nunca se ha valorado económicamente y que es de paso el origen de muchos de los cambios que se han producido en los últimos años. En resumen, la valoración económica de esos servicios ecosistémicos tiene varios objetivos:

– Dotar económicamente actividades agropecuarias beneficiosas para los agroecosistemas

– El respeto de “ecosistemas vírgenes” o modos de vida que han perpetuado la biodiversidad

– Gravar en su defecto actividades contrarias a las necesidades biosféricas para poder sustentar actividades de recuperación o regeneración.

 

Para que esta idea de tipo económico tenga algún sentido hay que re-rulalizar, volver a dar un uso, un sentido cultural a ocupar y vivir los entornos rurales. Eso sólo se puede hacer desde el diseño social, la educación, desde la valoración de esos entornos y su visión como la solución a muchos de nuestros problemas ambientales, ecosistémicos e incluso económicos, sociales y psicológicos.

 

Desafortunadamente, en cambio, asistimos a cómo la política ignora en la mayoría de los casos las consecuencias del abandono rural y la necesidad de una legislación internacional entorno a la protección de ecosistemas básicos para la subsistencia del planeta tal y como lo conocemos. Convertimos asuntos de “interés económico nacional” en más importantes que nuestra propia vida o la de nuestros hijos y nietos.

 

La ciencia ya ha demostrado, por ejemplo, la importancia de los bosques tropicales en la gestión global del clima: “la bomba biótica” de Makarieva ha sido demostrada empíricamente hace poco en Perú por Peter Bunyard. A nadie se le escapa la necesidad de reforestar urgentemente, la necesidad de regenerar una gran parte de la superficie planetaria que ha sido deteriorada o modificada. La ciencia está empezando a comprender la manera muy compleja en la que opera nuestra biosfera y su estabilidad. Si hemos hecho caso a la ciencia antes ¿cómo no hacerle caso ahora cuando se trata de nuestra propia subsistencia?

 

Hay grandes oportunidades detrás de la regeneración y re-ruralización a partir de entender los servicios ambientales de los ecosistemas. Es posible (y necesario) a través de ese conocimiento profundo sobre el funcionamiento de la Biosfera dar de comer de manera segura a una población inmensa, obtener materias primas y energía suficientes para todos.

 

Enfocarnos en resolver estos problemas de manera global ocasionaría el cambio de paradigma más grande de la historia: significaría que hemos entendido y encontrado el lugar de la inteligencia en el planeta además de ser parte de un nuevo y bello paisaje.

 

Héctor Crehuet Garayzábal

Es arquitecto y colaborador en proyectos nacionales e internacionales de re-ruralización

 

Cofundador de Simbiosis

https://simbiosis-apiagro.es/

Cofundador de Proyecto Integral Agroecológico

www.piasn.org

Cofundador de Trashumante

www.trashumante.org

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