¿LAS CLOACAS DEL ESTADO?

¿LAS CLOACAS DEL ESTADO?

Las “andanzas” del Comisario Villarejo, las preocupantes informaciones de la llamada “policía patriótica”, todo ello en el contexto electoral, larguísimo, en el que estamos, da para muchos excesos verbales. En medio de tanto ruido emerge un concepto, muy tentador en su uso mediático, político y de conversación, de muy fácil expansión: “las cloacas del Estado”.

Hay términos que envuelven en sí mismos un juicio de valor y éste es uno de ellos. De más está decir que no existe ningún organismo del Estado con este nombre, ni siquiera hay un despacho para encargarse de los asuntos “sucios” de una nación. Hay palabras y conceptos que los carga el diablo, y éste es uno de ellos. Muy erosivo, perturbador y peligroso. No podemos extender dudas sobre la solidez de nuestro estado democrático, así a la ligera, que bastante tenemos con toda la demagogia del independentismo catalán. Es preciso detenerse a distinguir unas cosas de otras.

Y una cosa sería “las cloacas del Estado” y otra, muy diferente, que haya funcionarios que se comportan indebidamente, abusando de su posición y su poder, y, en definitiva cometiendo delitos. Si esto es en sí mismo intolerable, indignante, indecente, lo es aún más si resulta en connivencia con responsables políticos. Para todos ellos, junto a la censura social, los Tribunales, la acción de la Justicia. Implacable y con todas las agravantes. Y este principio sirve para todos los casos análogos, se trate funcionarios públicos, de dirigentes políticos, altas autoridades de Gobierno o de empresas o entidades financieras.

Pero no confundamos, es muy diferente que en todas partes, públicas y privadas, haya personas, de todo rango y condición, cuyos comportamientos son éticamente despreciables, incluso penalmente perseguibles, a que concluyamos que toda la sociedad está corrompida. Así como en el caso que nos ocupa hay que ser rotundo y concluyente, nuestro Estado Democrático y de Derecho, desde la Constitución del 78, no tiene cloacas.

Los famosos espías, han existido en la historia desde siempre, y aunque su alusión está plagada de narrativa fantasiosa, teorías conspirativas y oscuros intereses, en nuestro Estado Democrático, son funcionarios públicos encargados de temas tan relevantes como la lucha contra la corrupción, el lavado de dinero, el narcotráfico y el terrorismo, o la seguridad de los ciudadanos y las autoridades de la nación. Son fundamentales en el funcionamiento de un Estado, no se puede prescindir de ellos. Y todo está reglado, bajo supervisión judicial y parlamentaria.

Y España tiene, consecuencia de la larga y triste lucha contra el terrorismo, excelentes organismos de Servicios Secretos, no sólo en el CNI, sino en la Guardia Civil, el Ejército o la Policía Nacional. Dentro de esos organismos hay miles de profesionales muy bien formados, honestos y responsables que se han jugado la vida, y su normalidad familiar y social, para contribuir al Estado, es decir, por todos los españoles. En el buen sentido de la palabra sin duda podría decirse de ellos que son “grandes patriotas”.

Eso no quita que entre estos organismos del Estado, como en tantos otros, existan algunos funcionarios que hayan podido extralimitarse en sus funciones, actuar de forma partidista e interesada o incluso corromperse. Lamentablemente, ningún Estado está exento, como también vemos a diario en la prensa mundial. Para eso está la justicia, como organismo independiente del Gobierno.

El problema gravita cuando haces de una particularidad una generalización. Por tanto tendríamos que pensar, ¿qué interés está detrás de acuñar el término “cloacas del Estado” en estos momentos?

En particular, viendo su origen, me parece que obedece, ideológicamente, a desprestigiar a la figura democrática del Estado español, confundiendo de forma consciente, Estado con Gobierno, y así, destronar el modelo e intentar crear “un nuevo Estado” a partir de un nuevo Gobierno.

Otra razón está en el uso electoral que se hace del término. En eso son especialistas quienes producen generalidades, slogans, a partir de hechos concretos y particulares con la intención de incidir en el voto con mensajes directos, aparentemente reales, pero engañosos. Así, “cloacas del Estado”, viene a engrosar la larga lista de conceptos efectistas al estilo de: “puertas giratorias”, “castas” o “lo llaman democracia y no lo es”.

Estas frases efectistas son de fácil reproducción, alimentan el morbo y la desconfianza hacia todo poder, y por eso hemos de tener mucho cuidado. Nos costó mucho conquistar la democracia y consolidarla, por mucho perfeccionamiento que requiera su institucionalidad, por mucho que siempre sea necesario avanzar en transparencia y en ejemplaridad ética, tanto en lo público como en lo privado. No podemos consentir pasivamente que se ensucie lo que tenemos y tanto sacrificio ha costado lograr.

Por eso reitero: no hay cloacas en nuestro Estado de Derecho. Hay sinvergüenzas y delincuentes.

Federico Mañero

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