Maduro debe salir ya

Maduro debe salir ya

La situación de Venezuela a día de hoy a cualquier demócrata le produce indignación, espanto, pero también, por fin, esperanza de cambio, de democracia y libertad; de oportunidad de reconstruir un país devastado por la tiranía de Nicolás Maduro.

Pero también hay motivos, y muchos, para infundirnos temor. Temor a un enquistamiento de esta dictadura atroz, sólo revestida de formalidades democráticas huecas que pretenden legitimar lo intolerable. Temor también a que se pueda producir una intervención armada, de incierto curso e indeseables consecuencias humanas e históricas, de alcance trans-venezolano y geopolítico.

Aun con toda la complejidad que tiene el proceso venezolano, hoy más que nunca es preciso hablar claro y establecer distinciones nítidas. Para empezar, el de la legitimidad.

Maduro es un Presidente ilegítimo en doble vertiente. Por origen: unas elecciones llenas de vicios y no reconocidas por ninguna democracia respetable; y por ejercicio: persecución de las libertades, prisión para los opositores, corrupción masiva y desbocada, torturas, y vínculos activos con el narcotráfico y los residuos de las guerrillas colombianas.

Y sobre todo, por la destrucción de la economía y el sufrimiento extremo que padece su población. La inflación marca records cercanos al 1.000.000% al mes, comparable a la de Alemania el año 1923, el desabastecimiento generalizado doblega a los venezolanos más pobres a depender del Estado para poder comer, ni que decir de la escasez de medicamentos, impagables con un salario mínimo, o simplemente inexistentes en el país.

Juan Guaidó en cambio hoy goza de legitimidad, y por “interina” que sea su proclamación, está amparada en la propia Constitución Bolivariana decretada en el año de 1999 – cuando la Revolución podía llamarse democrática -. No es un presidente autoproclamado, es el presidente de la Asamblea Nacional Venezolana, único vestigio democrático en el país, que asume la Presidencia de forma temporal frente a la coyuntura.

Sumado a su legitimidad de forma, en Guaidó se conjuga la unidad rencontrada de la oposición, y en especial, la esperanza de un pueblo que sufre desdichas insoportables. Ya no es posible una recuperación del país sin el fin del Régimen.

Como europeo, me alegro de la reacción de la mayor parte de los países de la Unión y, a la vez, me apena la timidez que se muestra desde la Comisión, entrando en maniobras dilatorias como, a mi juicio puede ser – y ojalá me equivoque – el Grupo de Contacto promovido por México, Uruguay y la Bolivia de Evo, gobiernos más afines al régimen Bolivariano. Abogo por el diálogo, sí, siempre y cuando éste no le dé más aire a una Revolución Forajida.

La principal urgencia es que Maduro abandone el poder. Luego, que se establezca una institucionalidad y que convoquen, al menos, Elecciones Presidenciales con plenas garantías. De allí la necesidad de tiempo y de un gobierno de transición que permita reconstruir los órganos de poder, y el actualmente pervertido Consejo Nacional Electoral.

Tienen que ser unas elecciones libres, que den la voz – sin miedo ni presiones -, a todos los venezolanos – los que se han ido y los que se han quedado -; y que inicie con ello un periodo de reconstrucción democrática, social y económica, empezando por las urgentísimas ayudas que el pueblo necesita; y que Europa y el resto del mundo occidental ya han manifestado socorrer.

Insisto, esta debe ser la prioridad, la salida de Maduro. Su salida evitaría riesgos de aventuras militares a las que el presidente Trump, alentado por quienes piensan en el voto de La Florida y el tutelaje de los Estados Unidos sobre Latinoamérica, puedan ver como tentación.

Por ello, considero que Europa debiera ser más contundente en la presión para la salida inmediata de Maduro y de quienes deban irse con él, así como en la creación de condiciones para su salida. Y con esto me refiero también a Cuba.

Se equivocan quienes piensan y difunde el mensaje de “primero Venezuela y después Cuba”. Esta idea no contribuye a la solución venezolana, y por el contrario, alienta los placeres olvidados de las viejas leyendas del “Little Havana” en Miami.

Al contrario, a Cuba es preciso brindarle la tranquilidad y las garantías de que el cambio en Venezuela no va a significar la vuelta al “periodo especial”. Cuba puede contribuir a por lo menos no dificultar más las cosas, como en efecto hace, frente al ambiente que rodea el cambio en Venezuela, y que le es, en este momento, del todo desfavorecedor.

Esta debiera ser una de las contribuciones que Europa, y en particular, España debería de asumir. Puede que también esta postura aliente a que el México de López Obrador no se mantenga tan renuente y, al contrario, pase a ser parte activa en la impostergable y urgente salida que requiere hoy Venezuela.

Federico Mañero

Consultor en Posicionamiento Estratégico y experto en América Latina

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