Taxi vs VTC: mucho más que un conflicto y una solución

Taxi vs VTC: mucho más que un conflicto y una solución

Durante la última semana, los taxistas han demostrado ser los luditas del S. XXI. Aquellos trabajadores enfurecidos que destrozaban las máquinas en las fábricas inglesas del S.XIX porque consideraban que les iban a robar el trabajo y el futuro.

El gremio del taxi ha decidido bloquear violentamente las capitales de España, Barcelona y Madrid, y en esta última, durante la semana de FITUR (Feria Internacional de Turismo), momento del año en el que la ciudad registra el pico más alto en facturación de servicios, entre los cuales, el propio taxi, por la enorme afluencia de personas de todo el mundo.

Dejando de lado la bochornosa imagen ofrecida a nivel global y la inexplicable dejación de sus funciones de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, es quizás el momento de decirles a los taxistas que su batalla está perdida. Aunque sospecho que su violencia y su chantaje están justamente provocados por el hecho de ser ya conscientes de su derrota.

Según datos recogidos en el libro de Marta García Aller, El fin del mundo tal y como lo conocemos, en 2025 (es decir, pasado mañana) habrá en el mundo 220 millones de vehículos autónomos. Todas las grandes compañías fabricantes de automóviles están invirtiendo masivamente en coches auto-conducibles y los primeros modelos saldrán al mercado en el 2021. Las ciudades de Pittsburgh o San Francisco y los países nórdicos ya están implementando esta tecnología en sus calles.

El problema no es Uber o Cabify contra el Taxi. El problema es que la revolución digital en la que estamos inmersos nos plantea un cambio radical en los conceptos básicos de nuestro propio sistema jurídico: los derechos de propiedad y de posesión.

Se habla mucho de globalización, uberización y capitalismo salvaje, pero quizás sea el momento de admitir que la economía colaborativa, obviamente bien regulada en especial desde el punto de vista fiscal, es la mejor vía hacía un progreso más justo, democrático y sostenible. Pero sobre todo es la única e inevitable vía, porque (como se dice coloquialmente), no se pueden poner puertas al campo.

Compartir en vez de poseer es el nuevo paradigma que la movilidad urbana (y no solo), nos ofrece, con todas sus ventajas, como la reducción del número de vehículos en circulación y de las emisiones de C02, y también con sus inconvenientes, como la no muy lejana desaparición del oficio de taxista.

¿Qué hacer por lo tanto con un sector que ha monopolizado el servicio durante décadas y se resiste a adaptarse a la nueva realidad? Como “reciclar” a estos empresarios autónomos que se habían acostumbrado a la especulación de licencias en un “mercado secundario” enormemente rentable (¡ríase usted del IBEX35!).

La irresponsabilidad del gobierno pasándole la “patata caliente” a las comunidades autónomas y el intento de estas de pasárselas a su vez a los ayuntamientos es chocante. ¿Cuántas legislaciones distintas vamos a tener para lograr una convivencia pacífica entre los distintos proveedores de servicios? ¿Diecisiete u ochomil? El Gobierno haciendo dejación de sus funciones está enconando el problema aún más, y sobre todo está minando uno de los principios básicos de nuestras sociedades: el de igualdad. Operar en Madrid, en Granada o en Barcelona, debe ofrecer los mismos derechos y obligaciones. Y desde un punto de vista cosmopolítico, la normativa debería ya ser a nivel europeo, ni tan siquiera nacional.

La solución más lógica y urgente ante la inevitable desaparición del gremio es el estudio de una compensación a los taxistas, por parte de la administración, en base al tiempo de utilización de la licencia. A menor tiempo de disfrute, mayor compensación, y viceversa, con unos mínimos y unos máximos bien definidos. Además, allí donde sea posible, habría que analizar las ventas, reventas y explotaciones realizadas por el propietario a lo largo de la concesión de la licencia.

Una vez más nuestros políticos, intentando sacar rédito electoral del conflicto, juegan a la polarización, a la construcción de un meta-relato que encaje con la sutil e infame dictadura de su ideología.

Cuando lo que deberían hacer es sentar en una mesa a todas las partes afectadas y utilizar los algoritmos, no para pedir el Uber, Cabify, Car2Go, Zity, Emove… más cercano, si no para establecer una compensación justa y proporcionada a los taxistas que como muchos empresarios en algún momento de su vida se tuvieron que reciclar y reinventar. Pregúntenle a Kodak, Olivetti, al videoclub o a la mercería de la esquina. En estos casos, ni tan siquiera había una licencia administrativa que intentar compensar.

A la última generación de taxistas he de decirles que su violencia y matonismo han generado en tan solo una semana 11.000 descargas más de Uber y Cabify, y un sentimiento de antipatía y rechazo del que difícilmente se van a recuperar. Bloquear la entrada del cementerio de la Almudena de Madrid, como hicieron este pasado viernes 25 de enero, es seguramente una de las acciones más mezquinas a las que los ciudadanos hemos tenido que asistir en una reivindicación, por legitima que esta sea.

 

Alessia Putin

Abogada y Profesora

 

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