Un ejercicio de política comparada

Un ejercicio de política comparada

Observar las democracias de nuestro entorno nos puede ayudar a tomar las mejores decisiones políticas para España.

Dicen que las comparaciones son odiosas, y cierto es que despiertan siempre molestas suspicacias y la automática reacción del “no es lo mismo”.

Pero, a veces, un sano ejercicio comparativo en perspectiva nos podría ayudar a evitar los errores cometidos por otros.

En las facultades de Derecho, por ejemplo, hay una materia enormemente útil que se denomina Derecho Comparado en la que analizamos las influencias y similitudes con los sistemas jurídicos de nuestro entorno.

La Constitución Española de 1978 bebe de dos Leyes Fundamentales europeas: la Constitución alemana de 1949 y la italiana de 1948.

Treinta años después de la redacción de aquellas, los juristas españoles, realizando un admirable ejercicio de derecho comparado, se asesoraron con sus colegas italianos y alemanes para diseñar el nuevo marco de convivencia de la España democrática. Ese esquema ha garantizado el periodo más largo, próspero y estable de la historia de España.

¿Por qué estos dos países, y no otros, incluso más cercanos? El elemento de similitud fundamental fue el hecho territorial.

Era imperiosa la necesidad de respetar en la Carta Magna las particularidades y diferencias histórico-culturales de los diversos territorios que conformaban el Estado español.

La Alemania de los Landers (en la que además se añadía una diferencia religiosa entre protestantismo y catolicismo), y esa Italia de las Regioni, con una infinidad de diferentes lenguas, un territorio históricamente (e histéricamente) fragmentado, inmerso en una variedad cultural marcada por una muy reciente reunificación en 1861, eran los modelos más cercanos para inspirar una constitución respetuosa con la diversidad y la riqueza del territorio español.

A finales de los setenta habría sido útil también realizar el mismo ejercicio analizando los fallos del sistema electoral y el devenir de la vida política italiana durante los treinta años posteriores a la proclamación de la Repubblica, para evitar que España tropezase en los mismos errores de fragmentación parlamentaria, inestabilidad e ingobernabilidad del país transalpino.

Algunos datos, quizás, nos ayuden a entender por qué.

Desde 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, hasta hoy, en Italia ha habido sesenta y cinco gobiernos distintos. Es decir, en setenta y cuatro años se han proclamado sesenta y cinco gobiernos. Uno por año y medio, aproximadamente.

El único presidente que ha superado con creces la barrera de los mil días ha sido (¡Increíble, pero cierto!), Berlusconi. (Craxi y Renzi también, pero por muy pocos días, y ni agotaron legislatura ni repitieron experiencia). El polémico Silvio, sí.

En mil días (dos año y medio) es muy difícil gobernar y es casi imposible acometer reformas, si no hay mayorías claras en las cámaras.

¿Saben Ustedes cuanto están durando los gobiernos de España desde 2015?

188, 964 y 330 días (hasta el 28 de abril 2019) respectivamente……Y esa parece que va a ser la tónica de ahora en adelante.

España empezó a andar en democracia casi como si de un sistema mayoritario se tratase. Las familias de la izquierda y la derecha se reagruparon entorno a los dos grandes partidos y durante sucesivas legislaturas se vivió en una estable alternancia bipartidista al más puro estilo anglosajón.

Pero a partir de la crisis, el descontento, un cierto agotamiento del sistema y las tensiones nacionalistas provocaron la entrada de nuevos partidos políticos en el arco parlamentario. Creímos que aumentar el número de partidos mejoraría la calidad de nuestra democracia, pero no fuimos capaces de mirar a nuestro vecino mediterráneo para aprender de sus errores: setenta años de coaliciones imposibles, pentapartitos, tripartito, cambalaches y carambolas que acababan sistemáticamente en gobiernos incapaces y rehenes de sí mismos, de menos de mil días.

Esta dinámica provoca un mal casi irresoluble para una democracia: la parálisis institucional que implica irremediablemente el deterioro económico del país.

Los gobiernos inestables generan inseguridad jurídica. Las empresas rehúyen invertir. El sector público se estanca en reformas y contrarreformas cíclicas que no logran nunca instaurarse del todo, ni en un sentido, ni en otro. La sociedad se desespera ante los pactos y cordones sanitarios entre partidos, siempre envueltos en un halo de bronca, opacidad y órdagos.

La historia reciente del gobierno de Italia sabemos cómo acaba: en el rocambolesco pacto entre dos populismos aparentemente opuestos y extremos: Movimento 5 Stelle (populismo de izquierdas, asambleario, descoordinado y dirigido por unos advenedizos de la política) y la Lega (populismo de derechas con tintes xenófobos y nacionalistas). Ambos euroescépticos.

¿Les recuerdan a Ustedes a alguien?

Ojalá España en este año electoral crucial mire más hacia Alemania y se decida a implementar una Grosse Koalition como ya propuso en su día el PP al PSOE (¡Y que Pedro Sánchez negó con su célebre “No es no!”). España hubiese ganado cuatro años de estabilidad y progreso.

Un gobierno de concentración nacional entre PSOE, PP y CIUDADANOS (y todos los grupos que se quieran sumar de forma leal y constructiva) que permita superar la actual y grave tensión territorial no resuelta, apelando al consenso mayoritario. Que ponga por encima los intereses del país al de los partidos. En definitiva, un gobierno que dure más de mil días y ofrezca estabilidad a sus ciudadanos, a sus empresarios, a sus funcionarios y a la comunidad internacional.

En 2019 #VOTENCONMODERACIÓN

 

Prof. Dra. Alessia Putin

Abogada

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